Abstract
Los últimos procesos electorales, en México, han puesto en evidencia la consolidación de un sistema de partidos cada vez más competitivo. Las elecciones federales del 6 de julio de 1997 resultaron en la conformación de una Cámara de Diputados donde, por primera vez, en la historia de México, el Partido Revolucionario Institucional (PRI) no tiene la mayoría absoluta de los escaños. Este nuevo equilibrio de fuerzas ha tenido efectos en la relación entre los poderes de la Unión y, aunque todavía sea temprano para afirmarlo, las primeras alternancias, en los estados de la Republica y en el Distrito Federal, están creando las condiciones para una "secularización" del Estado hasta ahora inseparable del "partido oficial". Visto al revés, el PRI se encuentra en la disyuntiva de transformarse en un verdadero partido político y dejar de ser el brazo electoral del Estado, so pena de ser desplazado por los demás partidos.
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