Abstract
Desde los inicios de la arqueología moderna en México, hace aproximadamente un siglo, la región que, hoy en día, corresponde al estado de Michoacán, no ha sido, en comparación con otras partes del país, un campo favorecido por la investigación en esta rama del conocimiento. Esto resulta tanto más paradójico cuanto que, a principios del siglo XVI, Michoacán formaba una unidad cultural y política de primera importancia en el contexto mesoamericano: el Irechequa Tzintzuntzan, o reino tarasco, constituía un estado prístino de unos 70 000 km2 de extensión, que había resistido, en tres ocasiones, las ofensivas militares de sus poderosos vecinos del lado este, los mexicas; incluso se dice que, en 1519, las tropas del Cazonci amenazaban el valle de Toluca y la plaza fuerte de Oztuma, Guerrero (H.P, Pollard 1988).
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Copyright (c) 1989 Journal Trace